Manuel Tironi/Monitoreo ciudadano para la sustentabilidad urbana

DustDuino en Los Maitenes, Puchuncaví, Chile.

DustDuino en Los Maitenes, Puchuncaví, Chile.

Por Manuel Tironi / Investigador del cluster Entorno Construido

Al alero de conceptos como ‘ciencia ciudadana’, ‘evidence-based activism’ (activismo basado en evidencia), ‘ciencia abierta’ o ‘activismo hazlo-tú-mismo’, en el último tiempo han surgido interesantes experiencias colaborativas de monitoreo de calidad del aire. Usando microprocesadores de bajo costo como Arduino o Raspberry Pi, hoy es posible acceder a sensores de material particulado (10 y 2,5 μm) que no superan los US$100. El mercado ha hecho eco de esta irrupción y ya se pueden encontrar a la venta diversos dispositivos listos-para-usarse (como el Dustduino y el Air Quality Egg). Incluso la Environmental Protection Agency (EPA), en vista de la calidad de los datos que estas tecnologías entregan, está promocionando abiertamente las potencialidades del monitoreo hazlo-tú-mismo. Y la ciudadanía no se ha quedado atrás.

Al ser dispositivos de bajo coste y de fácil utilización, las comunidades afectadas pueden producir su propia información científica sobre la situación que les afecta. El cambio es profundo. Ya no se trata de comunidades que participan en la confección de diagnósticos o que visan las soluciones, sino que conducen el proceso investigativo. En estos experimentos ciudadanos quienes preparan los equipos, toman los datos y analizan los resultados no son expertos gubernamentales o del sector privado, sino los propios afectados en situaciones de contaminación atmosférica. Individuos interesados y activos, pero sin conocimientos técnicos especiales; comunidades asistidas por ONGs o investigadores universitarios, pero que deciden autónomamente el foco y las preguntas de la investigación.

Las experiencias en Estados Unidos y el Reino Unido de monitoreos ciudadanos muestran resultados altamente positivos. Primero, han generado un espacio de colaboración y fortalecimiento comunitario. Segundo, han permitido encontrar soluciones (y problemas) que no estaban previstos en la política pública. Y tercero, y probablemente lo más importante, estas iniciativas han validado a la comunidad como actores ‘técnicos’, cambiando las geometrías de la conversación política.

Las posibilidades del monitoreo ciudadano son aún poco exploradas en Chile. Pero ya aparecen algunas experiencias. Junto a colegas de Ecología y Agronomía UC hemos trabajado en propuestas de ciencia ciudadana en el contexto de los planes de descontaminación. También hemos esbozado algunos experimentos en Puchuncaví, que este año se consolidarán en nuevos proyectos. Y esperamos que el interés y el uso de estas herramientas crezca en el futuro. En la medida que los conflictos ambientales crecen en Chile, y que la ciudanía exige más y mejor participación, explorar nuevas formas de vinculación y activismo ciudadano parece fundamental. El modelo del ‘foro ciudadano’, del ‘diagnóstico compartido’ o de la ‘mesa participativa’ se volvió insuficiente: dejó de satisfacer a colectivos cada vez más técnicos que se exigen ser reconocidos como entidades expertas de suyo propio en los problemas que les afectan. El monitoreo ciudadano puede llenar ese vacío participativo y, de paso, ayudar en la articulación de territorios cada vez más democráticos y sustentables.