20 Sep Sebastián Astroza/ La ciudad es un centro de actividades

18 de septiembre/ El Sur/ Sebastian Astroza, investigador CEDEUS, reflexiona sobre la congestión vial en nuestras ciudades, su contextos, la gestión de tiempo y quienes son lo más perjudicados con la distribución ineficiente.
No es sorpresa que uno de los temas más discutidos de nuestras ciudades es la congestión vial: es un tópico de apariencia simple —pero en esencia muy complejo— y que cada persona experimenta día a día. Esta discusión suele centrarse en elementos tales como calles o puntos críticos, horarios punta, comparaciones de modos de transporte, futuros proyectos de infraestructura, etc. Sin embargo, a menudo olvidamos que el problema tiene un origen superior: las personas no viajamos por viajar, viajamos porque queremos realizar una actividad en un determinado tiempo y en un determinado lugar. El transporte es una demanda derivada: es un medio y no un fin. La congestión que experimentamos en las calles es la consecuencia de un
proceso y no el nudo que tenemos que desenredar.
Las ciudades son fundamentalmente centros de actividades. La razón por la que vivimos en ciudades es justamente porque es una estructura eficiente para realizar las labores productivas o de subsistencia aprovechando economías de escala y de red. Adicionalmente, las ciudades nos ofrecen diversas alternativas para encontrarnos social, cultural y recreativamente. ¿Qué tan eficiente ha sido nuestra ciudad? Más importante aún, ¿Ha cumplido su finalidad para todos?
Mientras en algunos países apuntan al concepto de “ciudad de 15 minutos”, que son barrios con servicios básicos (colegios, supermercados, farmacias, hospitales, bancos y trámites, etc.) e infraestructura de transporte (ciclovías, paradas de transporte público, etc.) a distancias que se puedan recorrer en 15 minutos o menos caminando, en nuestro contexto ese ideal es un sueño aún inalcanzable. La realidad es que nuestras ciudades están segregadas y tienen sectores sin acceso a servicios. Son los habitantes de esos sectores los que cada mañana deben viajar en extenso a destinos más centrales, para luego en la tarde simplemente devolverse en el sentido contrario. La ciudad no da oportunidades para todos por igual. Esto sin siquiera mencionar la conectividad digital, también casi nula en algunas zonas, la que en tiempos de pandemia demostró ser una gran alternativa para realizar varias actividades sin la necesidad de un viaje.
Las actividades que realizamos son la forma en que usamos nuestro recurso más preciado: el tiempo. A diferencia de los recursos monetarios, todos tenemos las mismas 24 horas para asignar en diferentes actividades a lo largo del día. Hay actividades esenciales, cuyos tiempos son necesarios, como dormir o comer. Hay otras —como el trabajo— que nos generan ingresos, permitiéndonos comprar (y/o consumir) y hacer otras actividades. Hay otras que nos gustaría pasar el menor tiempo posible haciéndolas, como es el transporte o traslado. Es por eso que la posibilidad de disminuir nuestros tiempos de viaje es algo que todos valoramos. Nos gustaría viajar menos justamente para usar ese tiempo en otra cosa: trabajar más, dedicarnos más al ocio, pasar tiempo con la familia o amistades, etc. Queremos tener “más tiempo libre”. Sin embargo, ese tiempo libre adicional es mucho más significativo para quienes más obligaciones tienen: quienes trabajan muchas horas para ganar poco, quienes se hacen cargo adicionalmente del trabajo doméstico, quienes deben dedicarse a labores de cuidado, entre otros. Paradójicamente, son esas mismas personas las que viven en los sectores de la ciudad que ofrecen menos oportunidades, las que más han sido perjudicadas por una distribución ineficiente de nuestra ciudad.